El llanto de una niña en Bagdad

Está lleno de lágrimas verdes

Hechas de polvo y viento,

Polvo de un desierto habitado

De silbidos que nadie escucha

Su llanto es un silbido más.

L.A

lunes, 19 de julio de 2010

La señora de abajo


Estaba yo absolutamente convencido de que eran efectos secundarios de un despiadado ataque convulsivo y epiléptico, pero Martica no se hizo esperar con sus opiniones contrarias, gozaba de una estólida testarudez que presumía de exterminar cualquiera de mis propósitos, convenientemente eludía cualquier disputa y cedía ante su vehemencia, porque de lo contrario ella podría privarme del más elegante de mis placeres: observarla. Mis frecuentes visitas coincidían regularmente con la hora en que se bañaba, con un acuerdo prefijado entre su indiferente ingenuidad y mi inocultable astucia. La disfrutaba enterita con sus blusas estrafalarias o con su exuberante robustez, pero de ninguna manera desnuda porque ella sostenía que solo se está realmente desnudo cuando se siente vergüenza de mostrarse libre de indumentaria. Yo insistía, pero inexorablemente doblegaba, éramos dos empecinados buscándole motivos a los estremecedores aspavientos que producía Justina, la vieja del pelo entrecano, rostro demacrado, que atemorizaba con sus facciones y manos de pangolín. En nuestras constantes deliberaciones fue imposible desentrañar si tales explosiones habían sido causadas por sentimientos trágicos de amargura o por anacrónicos trastornos mentales. Residía en el piso de abajo y puedo asegurar sin cabida a objeción que no acudía nadie a visitarla. Para ese entonces Martica y yo éramos dos malandrines inseparables próximos a abandonar la pubertad. Habíamos adoptado la costumbre de encontrarle algún grado de utilidad a los sufrimientos de Justina, que retumbaban religiosamente a las 6:30 am, evitándonos así el gasto de despertador. Martica vivía en él A 02-03 y yo en él A 03-04. Entre nosotros existía una especie de pacto secreto que consistía en esperar aun dormidos aquel aterrador mecanismo para levantarnos. Un día nos adjudicamos la tarea de descubrir a que jerga oriental o escandinava pertenecían aquellos gritos. Pero el enmarañamiento de aquel sistema lo hacía indescifrable. Solo un hecho se presentaba con estentórea claridad y es que no correspondían a lengua humana posible. 15 interminables, tormentosos y sombríos minutos duraba todo aquel espectáculo sonoro en el que dejaba a relucir sus cuerdas de tenor. Por un implícito e insospechado acuerdo no comentamos este asunto con ningún otro inquilino. La idea de atrevernos a visitarla emergía frecuentemente de nuestras intenciones. Sin embargo no fue hasta una tarde de abril que nos decidimos a tocar su puerta. Permanecimos hora y media golpeándola hasta que el conserje nos avistó, preguntándonos que hacíamos allí, pronunciando palabras ulteriores, remotas y aniquiladoras, que provocaron un efecto sedante y desolador que nos vertía en un abismo. Miré a Martica y tenía el rostro embebido en una lividez marchita y un sudor inverso me subía por la espalda. El apartamento que supuestamente para nosotros ocupaba Justina no había sido habitado desde mucho tiempo antes a nuestra llegada. No volvimos a tocar el tema. Un tiempo después durante una época en la que me creía un escéptico, aunque sin fundamento, de esos que aborrecen todo este aparataje de parapsicólogos y acontecimientos sobrenaturales, volví a ceder ante la impertinencia de Martica y deducimos la necesidad de acudir a un medico psicoanalista. Y lo más impresionante de todo es que nos recomendó que durmiéramos un poco más y en esto si fue especialmente enfático, empleando un tono grave nos dijo que no continuáramos colándonos en el cine a ver películas de Hitchcock.

Gotas

Lugar conocido por todos y visitado por pocos.

Durante muchos días he padecido la más terrible y perturbadora de las exploraciones , por lo que he decido dirigirme con mucha seriedad a ustedes, sin escabullirme en vericuetos gramaticales inútiles, ni mucho menos privar el ansioso deseo de expresarme con ardiente sinceridad, ahora podría escribirle a Bolívar, Miranda, Bonaparte, Cortés, o a Alejandro incluso, a todos ellos por sus hazañas históricas, a Galileo, Pascal, Newton, Einstein , por su obstinación científica, a Poe, Conrad, Borges, Cervantes, a mi hermano del alma Gabriel, y pare usted de contar, a todos por simplemente haber creado, inventado mundos fascinantes que terminaron por convertirlos en literatura( a ti también me gustaría escribirte), a Freeman, Anthony, Jack, Forest, Hans, Smith, Denzel, Moore, Foster , Connely, por lo magistral de sus actuaciones, a un siete machos y un vagabundo geniales y conmovedores, a un Pedro sorprendido y un Juanito despiadado, a Chus y su cuerda de locos, a The Beatles y su she loves you yea, yea, yea, por hacer magia de acordes y melodías fantásticas, a Edmund y sus irresistibles impulsos, a Jeffrey y su insatisfacción, a Wayne y sus pestes de payaso serial, a Albert y sus ideales licántropos, a Peter y su pasión por los fluidos, a Bart, al Chavo, Goku, Trini, Oliver, Hanamishi y Rukawa por ser parte indisoluble de mi infancia, a ti flaquita pero tú mereces más que paginas , a mama, papa, manita, a usted con su auténtico: ¡Viva que es bastante!. A ustedes les tengo pensado mi reserva de oro, mis mejores líneas, permítanme informales que son el motivo de la presente. Asombroso es darse cuenta de las incontables direcciones posibles a las que se pueden enviar tus sentimientos, complejo es elegir palabras para dibujarlos, yo he optado por escribirle a estos centímetros cúbicos mojados e inmortales, anhelo mucho su presencia aquí, conmigo. Fui al oftalmólogo para

enterarme de lo que me sucedía, por si era un problema físico, no me recomendó lentes y sólo me dijo que tenía los conductos intactos y sanos y que la carnosidad era urgente operarla porque y que se estaba desplazando hacia la iris, pero en lo referente a lo que yo buscaba no mencionó el más mínimo detalle, ustedes nada que aparecían. Las he buscado en muchas partes, en bruscos presagios consumados, en partidas preconcebidas y aceptadas, en engaños mordientes y dolorosos, en imprecaciones al pudor, en recónditos rincones de mi casa, y no puedo creer que todo esfuerzo aplicado para encontrarlas sea inútil. He observado mejillas empapadas con un odio inconcebible, escuchado rumores musicales, melancólicos con rencor mordaz, corrompido, sin poder hacer nada. No quiero que se les ocurra que soy un desalmado, un insolente, a veces se me hace insoportable esta insensibilidad; les confieso que los únicos responsables de mis más crueles tormentos son mis juicios, esa inclaudicable costumbre de someter todo a la retórica racional, que en situaciones como esta puede resultar la multiplicación de todos los saberes por cero. Desde lo más intimo de mi ser les hago una petición, un ruego prominente , perentorio: deseo que sus más nobles sentimientos procuren recordarles mi dirección, ustedes la conocen mejor que yo , realmente las necesito, se me hacen lóbregos y opacos los días, la noches me saben a mierda, en ocasiones ni si quiera tienen sabor, extraño mis explosiones sin sentido, mis caprichos pueriles insatisfechos, mis raspones, y mis visitas a los ambulatorios, mis conflictos paternos terminados en trágicos dramas, una ambición truncada, un corazón roto… con mucho que decir me despido para evitarles contratiempos, les aclaro que no coloqué un anuncio en el periódico, por no parecerme conveniente, además que a la crisis financiera se le antojó visitar sin previo aviso mis desvencijados bolsillos .

Caminos encontrados


El hecho de caminar es consabidamente un acto cotidiano y normal, Yoel camina en forma recta por aquella calle, ¿Cuál calle? Se topa con el portón, esa puerta marrón ornamentada con un aldabón macizo que parece simular un recuerdo de olores salados, y esos olores, ¿de dónde provendrán? Vacilante, percibe que tales tufos alcalinos emanan de aquel lugar que se empecina con la idea de ser su hogar. Recostado junto al umbral con su hombro izquierdo cansado del viaje, se aboca la tarea de observar lo que hay dentro, asoman sus vidrios molestos lámparas colgantes que disfrutan un libidinoso placer de inutilidad. Otra vez, regresaron estos pútridos efluvios que se incuban en mis paredes como un asqueroso coleóptero. Este montón de cuadros se le confundían en su memoria, los que al parecer su padre había adquirido en una subasta, o los había robado, ni él ni yo lo sabemos todavía. El nombre de un tal Miró brotaba en relieve como un raspón cualquiera, encima del taburete, cerca del reloj; un modelo del famoso, o presunto famoso Picasso, imprescindible en casos como este, vanagloriaba de céntrica ubicación. Con frecuencia he pensado que Ruíz durante sus exaltaciones geniales tuvo como requisitos inseparables un porro y un afiche de la Marilyn. Sus deseos eran revisar y reconocer, pero todo se le tornaba nubloso, con el afán de cerciorarse hizo el cuatro, se mantuvo diez segundos, tiempo suficiente para diagnosticar que estaba exento de todo conjuro etílico. Los requisitos no los presiento como estimulantes creativos sino como sus compañeros más íntimos. Él mismo sostenía la idea de que si la inspiración existe tiene que encontrarte jodiendote el lomo. Escudriñando la confección interna de aquel supuesto hogar intentaba detallar lo que ocurría, percatándose entonces de que absolutamente nada pasaba, lo que si transcurría era ese maldito viejo inmortal, jactándose de ser lo único que veía acción en aquel escenario por lo demás insoportable. Sí, era la calle Colombia, es que la Ecuador también queda cerca de ahí. Es muy extraño esta no es la de su residencia. Quien está equivocado seré yo o es Yoel quien está confundido de vereda y es por esa razón que todo se le desdobla haciéndose remoto y desconocido. Exhausto decidió sentarse en el mueble extranjero acolchonado, y aunque probó múltiples posiciones no experimentó esa sensación de exquisita placidez que sentía con su sillita azul de mimbre. Para mí que era de cuero, porque su espalda cuando leía novelas policiacas se mantenía matemáticamente recta y en la de mimbre la postura es un poco asimétrica, desigual. ¡Qué olor tan insistente! .Fue directamente a la cocina a buscar el origen odorífero, todas las luces apagadas, inquilinos fingían dormir y ciertamente no tenía la menor intención de despertarlos. Giró sus ojos a la derecha. ¡Que plasma! Más fino, está groovie-groovie para ver mi serie preferida, claro yo sé que mi amigui Francia no me va a acompañar, pero no me importa. Reanudando su inspección, incapaz de sustraerse retornó su atención hacia la tosca replica. Me pregunto si alguna vez se le habrá ocurrido la idea de que él mismo sea una barata, decadente y asquerosa imitación. Terminada su búsqueda aventuró una salida meticulosa y silente. Convencido, determinó con vehemencia que aquella no era su casa, optó por la posibilidad de rechazar tan molesta aseveración, eso sí, simulando temperamento y firmeza. Los innumerables caminos recorridos, el azar implacablemente feliz, y el hastío, fueron las causas de que se negara a seguir escribiendo.