El llanto de una niña en Bagdad

Está lleno de lágrimas verdes

Hechas de polvo y viento,

Polvo de un desierto habitado

De silbidos que nadie escucha

Su llanto es un silbido más.

L.A

lunes, 16 de agosto de 2010

Marcas sobre la tierra


Me gustaba pensar a veces y esa noche lo hacía sobre las razones por las cuales  las manos de la abuela lo ocupaban tanto, cada vez que ella aparecía las observaba.  La mirada se le perdía a ratos y dejaba ver un desolado cascaron. Nunca adivine qué encontraba de atractivo en sus arrugas, sus manchas rosadas y aquellas venas como serpientes. La detallaba con minuciosidad en el instante en el que se disponía a alimentar a sus mascotas predilectas, unas loras que Manuel, su sobrino, le trajo el diciembre pasado de Pìritu. Rita era un espectáculo, aprendía rápidamente y sus avances en ocasiones turbaban a la abuela, en cambio Rebeca en lugar de gritar como loca era más bien mansita. Muy pocas veces se le escuchaba decir  palabra alguna y cuando lo hacía era para expresar puros disparates.
En medio de aquellas reflexiones recuerdo  que de un momento a otro la cama sufrió una leve subida, era él  quien se levantó, el más pesado en una cama que compartíamos cuatro, inmediatamente supuse que se dirigía  al baño. Su demora inhabitual me alteró un poco, fue entonces cuando decidí seguirlo para cerciorarme de que no le había ocurrido nada, pero mis conjeturas eran equivocadas, el baño estaba vacío. Al salir me sorprendió un  leve parloteo, incompresible y misterioso, vacilé unos segundos, olvidando completamente mi primer propósito. Nuestro cuarto era el tercero de la parte izquierda. Concluí   en buscar la fuente de aquel  rumor. La puerta que daba al patio estaba cerrada, sin muestra alguna de haber sido abierta durante la noche. Provenía de la jaula de las loras. Las rejillas forzadas revelaban una violenta hendidura. Me incliné para oír con claridad   y sorpresivamente encontré una escena, Rita la dicharachera estaba mutilada, su diminuto cuerpo desplumado parecía una tétrica analogía de aquel lego que  me regalaron cuando tenía apenas cinco años. Rebeca agazapada y temerosa producía un graznido entrecortado que intentaba advertir algo. Ante la impotencia de no entender nada me percaté que mi pie derecho obstaculizaba un camino, encendí el bombillo y descubrí señales extrañas en el suelo, presté mayor atención y detecté que comprendían un mensaje con frases perfectamente legibles que en ratos posteriores no pude recordar. Sentencias espantosas, surcaron las palabras y la sangre de Rita  corría por los canales. Aquello tenía aspecto de sacrificio náhuatl. Estremecido por semejante hallazgo consideré absurdo despertar a alguien, fui a tomar agua y el reloj de la cocina daba las 2 y 30 am. Recordé que tenía que lavar las chanclas y lo hice. Entrando al cuarto un olor viscoso pero soportable invadía completamente la estancia. Me recosté en el estrecho espacio que me tocaba. Como un aluvión se apoderó de mí un sentimiento imponente en el que se mezclaban nostalgia y tristeza. Nostalgia porque ya no se escucharían jamás en casa aquellos: ¡Viva Chávez nojoda!, que tanto apenaban a la abuela cuando había visitas. En el fondo iba extrañarla. Y sentidamente triste por la abuela, ella la adoraba. Me quedé dormido casi al amanecer a sabiendas que pronto me despertarían para avisarme de lo que había sucedido.
No pude soportar el dolor de aquella inyección y muy lentamente abrí los ojos, no sentía ni pies ni manos, estaba desmembrado, la enfermera me contó que mi familia fue víctima de una masacre, unos mutilados, otros degollados. La más cruel matanza en aquel pueblo en  años. Me dijo que corrí con mucha suerte por haber sido el último en dormirme.
Vendas blanquísimas cubrían lo que quedaba de un cuerpo fragmentado, reducido e incompleto. Jamás pensé que aquellas  marcas sobre la tierra representaran el terrible oráculo de mi desdicha. Hizo efecto. Volví a dormirme.

Mamá y su falta de imaginación

-Escucha…
…Las paredes desconchadas se tornaban huidizas, si acaso fluidos reflejos, las ventanas intermitentes jugaban con su conciencia, lo obligaban a preguntarse si no había consumido algo para el éxtasis. Su piel adherida al suelo le impedía despegarse, solo eran castigos de una afrenta atroz. Latidos desesperados, ecos palpitantes lo sumían en una espiral creciente que agudizaba el abismo. El Cristo bocabajo anunciaba el presagio de una profecía gastada, una invitación latente y cínica a persignarse. Recluido en un letargo infeliz. La luz de una vela se resistía a ceder, se oponía a completar el escenario, le prohibía ser más espeluznante. El sudor le corría por la frente, viajaba en descenso febril por su tabique, pero no podía saciar su sed de años. Los grilletes opresores desangraban sus muñecas y tobillos, eran verdugos de cualquier tentativa. Pasos como truenos, la presencia indeseable, el terrible animal, la fiera insoportable. El se creía alerta pero toda intento era inútil, no recordaba que estaba atado de pies y manos. El fuego su única esperanza. Era presa de un escozor intolerable. Su cuerpo era una dimensión desconocida llena de grietas, todo estaba agrietado. Ilusiones, alucinaciones, ¿efectos de un barbitúrico? .Golpean un par de veces, el ruido aturde sus oídos, los hace chillar. Su piel ardía, la humedad lo desesperaba. Irrumpieron violentamente, fue en vano valerse de tantos subterfugios…

-¡Coño David, deja en paz a tu hermano después en la noche no podrá dormir!

Estación Última


Mis patas plegables están considerablemente corroídas por el oxido y sus cauchos están algo   gastados por el trajinar de los pasillos: ir a traumatología, venir de cardiología, volver a oncología, un recorrido agotador para quien el granito y los años no han pasado en vano. Lo que en épocas anteriores podría llamarse colchón evidencia un leve hundimiento, la goma espuma contiene un acertijo de olores viejos, de sudores pasados, el semicuero derruido está roto en la esquina superior derecha  y en la parte inferior, a la altura  de la rodilla de los pacientes. Este es el término usado comúnmente por todos: doctores, enfermeras, verdugos, porteros…”pacientes”: para denominar a aquellos que para mí no son más que compañeros temporales;  el abandono en el que me encuentro parece ser un probable signo  de que pronto sufriré un exilio involuntario  a la morgue de los objetos. Hace varios años que no me llevan al apetecido templo, al sagrado  departamento de las reparaciones; nosotros también tenemos morgue: la inutilidad. Estamos condenados, cuando perdemos la capacidad de cumplir nos convertimos en molestosos estorbos y ya no tenemos lugar. Hace un año estoy aquí.

Para mí no existen los pacientes, muchos la pierden aun antes de entrar, son  exclusivamente pasajeros, aunque casi nunca se enteren cumplen con un itinerario sombrío. Irrenunciable y tenaz finjo cumplir mi papel en este teatro colectivo. Yo soy para muchos la última estación.

En mis años de experiencia he sufrido solo cuatro amputaciones, los  doctores las exigieron para mejorarme y unirme a la modernidad; pero de nada me ha servido.

En un comienzo el sonido de la sirena de la ambulancia me perturbaba,  cada vez que llegaba una me desesperaba  y  me tocaba lidiar con el suplicio que aquel ruido representaba para mí, mis patas  suplicaban, era inútil intentar moverme,  nadie se percataba de nada, estamos signadas por la indiferencia. No pasó mucho tiempo para que me acostumbrara.

De lo que si estoy absolutamente segura  es que nunca podre acostumbrarme al  pandemónium de las emociones humanas. Creo que el sufrimiento humano es peor castigo que el sonido de una sirena. Estoy sumamente convencida de que si tendría ojos lloraría sin opresiones. Los rostros consternados, el dolor, los gritos de ahogo, de impotencia, el llanto, todas estas manifestaciones que  he observado religiosa y respetuosamente han sido las causas por las  cuales he agudizado mi sensibilidad.
 En  la última semana han regresado a sus casas gran parte de mis compañeros, solo uno decidió no regresar.

El lunes un espigado abuelo terco y amargado estuvo por un corto espacio, padecía del corazón y lo que lo trajo fue un pre infarto, nada importante, la única indicación que le dio Marcos consistía en un regio desapego a su intransigencia si su deseo no era el de adelantar su muerte.

El martes muy temprano trajeron a una señora semiobesa de mediana edad con una bacteria en su estomago. No se hizo esperar su reacción a la medicina y  me embadurnó casi toda de su líquido mal sano, el olor era  repugnante. Su retorno no fue el de los más felices, un montón de exámenes por hacer, una dieta estricta e “inviolable” y una bíblica receta que sostenía su rechoncho esposo debajo del otro brazo al momento de su partida.

El miércoles  en la noche un pequeño mulato con cara de tremendo tenía a sus padres en ascuas, muy preocupados. Emilia le hizo una prueba de sangre  y los resultados arrojaron dengue clásico, librando a sus padres de la culpa por descuidarse. Finalmente se marchó el viernes en la mañana, pelando los dientes como replica a una broma que le hizo la doctora.

Casi de manera inmediata ingresaron  a un rafta con su aspecto de artesano despreocupado, lo acompañaron además de mí, muchos amigos que se alternaban  y que expelían un olor a cebollas mezcladas con queso rancio, sin  pagar entrada me ofrecieron un concierto… ¡y sin música!. Estaba intoxicado y   Efraín le recetó unas tabletas, sin muchas complicaciones se levantó y se fue con sus panas los sinfónicos.
 En la tarde de ese mismo día llego un hombre con  barba de una semana y de semblante pálido.  Su  cuerpo era  lánguido y endeble, eso sí, venía muy bien vestido, lucía como para una ceremonia especial. Este fatídico pasajero no quiso retornar, durante su estancia  de tres días estuvo completamente solo, no emitió ningún ruido, desde que se acostó despedía un hedor a muerto. No murió de lo que Mario dijo, murió de soledad.
Esta mañana descubrí que mis conjeturas eran acertadas  y los signos de mi desolación me preparan una triste partida. Escuché a la nueva médico decirle a uno de los verdugos, perdón  a uno de los camilleros esto:
-¡A ésta ya hay que cambiarla, está como vieja!

 Y pensar que cambiarme  supone un traslado de sala es creer en los retornos felices. Nunca imaginé que éste lugar sería mi última estación.

lunes, 19 de julio de 2010

La señora de abajo


Estaba yo absolutamente convencido de que eran efectos secundarios de un despiadado ataque convulsivo y epiléptico, pero Martica no se hizo esperar con sus opiniones contrarias, gozaba de una estólida testarudez que presumía de exterminar cualquiera de mis propósitos, convenientemente eludía cualquier disputa y cedía ante su vehemencia, porque de lo contrario ella podría privarme del más elegante de mis placeres: observarla. Mis frecuentes visitas coincidían regularmente con la hora en que se bañaba, con un acuerdo prefijado entre su indiferente ingenuidad y mi inocultable astucia. La disfrutaba enterita con sus blusas estrafalarias o con su exuberante robustez, pero de ninguna manera desnuda porque ella sostenía que solo se está realmente desnudo cuando se siente vergüenza de mostrarse libre de indumentaria. Yo insistía, pero inexorablemente doblegaba, éramos dos empecinados buscándole motivos a los estremecedores aspavientos que producía Justina, la vieja del pelo entrecano, rostro demacrado, que atemorizaba con sus facciones y manos de pangolín. En nuestras constantes deliberaciones fue imposible desentrañar si tales explosiones habían sido causadas por sentimientos trágicos de amargura o por anacrónicos trastornos mentales. Residía en el piso de abajo y puedo asegurar sin cabida a objeción que no acudía nadie a visitarla. Para ese entonces Martica y yo éramos dos malandrines inseparables próximos a abandonar la pubertad. Habíamos adoptado la costumbre de encontrarle algún grado de utilidad a los sufrimientos de Justina, que retumbaban religiosamente a las 6:30 am, evitándonos así el gasto de despertador. Martica vivía en él A 02-03 y yo en él A 03-04. Entre nosotros existía una especie de pacto secreto que consistía en esperar aun dormidos aquel aterrador mecanismo para levantarnos. Un día nos adjudicamos la tarea de descubrir a que jerga oriental o escandinava pertenecían aquellos gritos. Pero el enmarañamiento de aquel sistema lo hacía indescifrable. Solo un hecho se presentaba con estentórea claridad y es que no correspondían a lengua humana posible. 15 interminables, tormentosos y sombríos minutos duraba todo aquel espectáculo sonoro en el que dejaba a relucir sus cuerdas de tenor. Por un implícito e insospechado acuerdo no comentamos este asunto con ningún otro inquilino. La idea de atrevernos a visitarla emergía frecuentemente de nuestras intenciones. Sin embargo no fue hasta una tarde de abril que nos decidimos a tocar su puerta. Permanecimos hora y media golpeándola hasta que el conserje nos avistó, preguntándonos que hacíamos allí, pronunciando palabras ulteriores, remotas y aniquiladoras, que provocaron un efecto sedante y desolador que nos vertía en un abismo. Miré a Martica y tenía el rostro embebido en una lividez marchita y un sudor inverso me subía por la espalda. El apartamento que supuestamente para nosotros ocupaba Justina no había sido habitado desde mucho tiempo antes a nuestra llegada. No volvimos a tocar el tema. Un tiempo después durante una época en la que me creía un escéptico, aunque sin fundamento, de esos que aborrecen todo este aparataje de parapsicólogos y acontecimientos sobrenaturales, volví a ceder ante la impertinencia de Martica y deducimos la necesidad de acudir a un medico psicoanalista. Y lo más impresionante de todo es que nos recomendó que durmiéramos un poco más y en esto si fue especialmente enfático, empleando un tono grave nos dijo que no continuáramos colándonos en el cine a ver películas de Hitchcock.

Gotas

Lugar conocido por todos y visitado por pocos.

Durante muchos días he padecido la más terrible y perturbadora de las exploraciones , por lo que he decido dirigirme con mucha seriedad a ustedes, sin escabullirme en vericuetos gramaticales inútiles, ni mucho menos privar el ansioso deseo de expresarme con ardiente sinceridad, ahora podría escribirle a Bolívar, Miranda, Bonaparte, Cortés, o a Alejandro incluso, a todos ellos por sus hazañas históricas, a Galileo, Pascal, Newton, Einstein , por su obstinación científica, a Poe, Conrad, Borges, Cervantes, a mi hermano del alma Gabriel, y pare usted de contar, a todos por simplemente haber creado, inventado mundos fascinantes que terminaron por convertirlos en literatura( a ti también me gustaría escribirte), a Freeman, Anthony, Jack, Forest, Hans, Smith, Denzel, Moore, Foster , Connely, por lo magistral de sus actuaciones, a un siete machos y un vagabundo geniales y conmovedores, a un Pedro sorprendido y un Juanito despiadado, a Chus y su cuerda de locos, a The Beatles y su she loves you yea, yea, yea, por hacer magia de acordes y melodías fantásticas, a Edmund y sus irresistibles impulsos, a Jeffrey y su insatisfacción, a Wayne y sus pestes de payaso serial, a Albert y sus ideales licántropos, a Peter y su pasión por los fluidos, a Bart, al Chavo, Goku, Trini, Oliver, Hanamishi y Rukawa por ser parte indisoluble de mi infancia, a ti flaquita pero tú mereces más que paginas , a mama, papa, manita, a usted con su auténtico: ¡Viva que es bastante!. A ustedes les tengo pensado mi reserva de oro, mis mejores líneas, permítanme informales que son el motivo de la presente. Asombroso es darse cuenta de las incontables direcciones posibles a las que se pueden enviar tus sentimientos, complejo es elegir palabras para dibujarlos, yo he optado por escribirle a estos centímetros cúbicos mojados e inmortales, anhelo mucho su presencia aquí, conmigo. Fui al oftalmólogo para

enterarme de lo que me sucedía, por si era un problema físico, no me recomendó lentes y sólo me dijo que tenía los conductos intactos y sanos y que la carnosidad era urgente operarla porque y que se estaba desplazando hacia la iris, pero en lo referente a lo que yo buscaba no mencionó el más mínimo detalle, ustedes nada que aparecían. Las he buscado en muchas partes, en bruscos presagios consumados, en partidas preconcebidas y aceptadas, en engaños mordientes y dolorosos, en imprecaciones al pudor, en recónditos rincones de mi casa, y no puedo creer que todo esfuerzo aplicado para encontrarlas sea inútil. He observado mejillas empapadas con un odio inconcebible, escuchado rumores musicales, melancólicos con rencor mordaz, corrompido, sin poder hacer nada. No quiero que se les ocurra que soy un desalmado, un insolente, a veces se me hace insoportable esta insensibilidad; les confieso que los únicos responsables de mis más crueles tormentos son mis juicios, esa inclaudicable costumbre de someter todo a la retórica racional, que en situaciones como esta puede resultar la multiplicación de todos los saberes por cero. Desde lo más intimo de mi ser les hago una petición, un ruego prominente , perentorio: deseo que sus más nobles sentimientos procuren recordarles mi dirección, ustedes la conocen mejor que yo , realmente las necesito, se me hacen lóbregos y opacos los días, la noches me saben a mierda, en ocasiones ni si quiera tienen sabor, extraño mis explosiones sin sentido, mis caprichos pueriles insatisfechos, mis raspones, y mis visitas a los ambulatorios, mis conflictos paternos terminados en trágicos dramas, una ambición truncada, un corazón roto… con mucho que decir me despido para evitarles contratiempos, les aclaro que no coloqué un anuncio en el periódico, por no parecerme conveniente, además que a la crisis financiera se le antojó visitar sin previo aviso mis desvencijados bolsillos .

Caminos encontrados


El hecho de caminar es consabidamente un acto cotidiano y normal, Yoel camina en forma recta por aquella calle, ¿Cuál calle? Se topa con el portón, esa puerta marrón ornamentada con un aldabón macizo que parece simular un recuerdo de olores salados, y esos olores, ¿de dónde provendrán? Vacilante, percibe que tales tufos alcalinos emanan de aquel lugar que se empecina con la idea de ser su hogar. Recostado junto al umbral con su hombro izquierdo cansado del viaje, se aboca la tarea de observar lo que hay dentro, asoman sus vidrios molestos lámparas colgantes que disfrutan un libidinoso placer de inutilidad. Otra vez, regresaron estos pútridos efluvios que se incuban en mis paredes como un asqueroso coleóptero. Este montón de cuadros se le confundían en su memoria, los que al parecer su padre había adquirido en una subasta, o los había robado, ni él ni yo lo sabemos todavía. El nombre de un tal Miró brotaba en relieve como un raspón cualquiera, encima del taburete, cerca del reloj; un modelo del famoso, o presunto famoso Picasso, imprescindible en casos como este, vanagloriaba de céntrica ubicación. Con frecuencia he pensado que Ruíz durante sus exaltaciones geniales tuvo como requisitos inseparables un porro y un afiche de la Marilyn. Sus deseos eran revisar y reconocer, pero todo se le tornaba nubloso, con el afán de cerciorarse hizo el cuatro, se mantuvo diez segundos, tiempo suficiente para diagnosticar que estaba exento de todo conjuro etílico. Los requisitos no los presiento como estimulantes creativos sino como sus compañeros más íntimos. Él mismo sostenía la idea de que si la inspiración existe tiene que encontrarte jodiendote el lomo. Escudriñando la confección interna de aquel supuesto hogar intentaba detallar lo que ocurría, percatándose entonces de que absolutamente nada pasaba, lo que si transcurría era ese maldito viejo inmortal, jactándose de ser lo único que veía acción en aquel escenario por lo demás insoportable. Sí, era la calle Colombia, es que la Ecuador también queda cerca de ahí. Es muy extraño esta no es la de su residencia. Quien está equivocado seré yo o es Yoel quien está confundido de vereda y es por esa razón que todo se le desdobla haciéndose remoto y desconocido. Exhausto decidió sentarse en el mueble extranjero acolchonado, y aunque probó múltiples posiciones no experimentó esa sensación de exquisita placidez que sentía con su sillita azul de mimbre. Para mí que era de cuero, porque su espalda cuando leía novelas policiacas se mantenía matemáticamente recta y en la de mimbre la postura es un poco asimétrica, desigual. ¡Qué olor tan insistente! .Fue directamente a la cocina a buscar el origen odorífero, todas las luces apagadas, inquilinos fingían dormir y ciertamente no tenía la menor intención de despertarlos. Giró sus ojos a la derecha. ¡Que plasma! Más fino, está groovie-groovie para ver mi serie preferida, claro yo sé que mi amigui Francia no me va a acompañar, pero no me importa. Reanudando su inspección, incapaz de sustraerse retornó su atención hacia la tosca replica. Me pregunto si alguna vez se le habrá ocurrido la idea de que él mismo sea una barata, decadente y asquerosa imitación. Terminada su búsqueda aventuró una salida meticulosa y silente. Convencido, determinó con vehemencia que aquella no era su casa, optó por la posibilidad de rechazar tan molesta aseveración, eso sí, simulando temperamento y firmeza. Los innumerables caminos recorridos, el azar implacablemente feliz, y el hastío, fueron las causas de que se negara a seguir escribiendo.