Me gustaba pensar a veces y esa noche lo hacía sobre las razones por las cuales las manos de la abuela lo ocupaban tanto, cada vez que ella aparecía las observaba. La mirada se le perdía a ratos y dejaba ver un desolado cascaron. Nunca adivine qué encontraba de atractivo en sus arrugas, sus manchas rosadas y aquellas venas como serpientes. La detallaba con minuciosidad en el instante en el que se disponía a alimentar a sus mascotas predilectas, unas loras que Manuel, su sobrino, le trajo el diciembre pasado de Pìritu. Rita era un espectáculo, aprendía rápidamente y sus avances en ocasiones turbaban a la abuela, en cambio Rebeca en lugar de gritar como loca era más bien mansita. Muy pocas veces se le escuchaba decir palabra alguna y cuando lo hacía era para expresar puros disparates.
En medio de aquellas reflexiones recuerdo que de un momento a otro la cama sufrió una leve subida, era él quien se levantó, el más pesado en una cama que compartíamos cuatro, inmediatamente supuse que se dirigía al baño. Su demora inhabitual me alteró un poco, fue entonces cuando decidí seguirlo para cerciorarme de que no le había ocurrido nada, pero mis conjeturas eran equivocadas, el baño estaba vacío. Al salir me sorprendió un leve parloteo, incompresible y misterioso, vacilé unos segundos, olvidando completamente mi primer propósito. Nuestro cuarto era el tercero de la parte izquierda. Concluí en buscar la fuente de aquel rumor. La puerta que daba al patio estaba cerrada, sin muestra alguna de haber sido abierta durante la noche. Provenía de la jaula de las loras. Las rejillas forzadas revelaban una violenta hendidura. Me incliné para oír con claridad y sorpresivamente encontré una escena, Rita la dicharachera estaba mutilada, su diminuto cuerpo desplumado parecía una tétrica analogía de aquel lego que me regalaron cuando tenía apenas cinco años. Rebeca agazapada y temerosa producía un graznido entrecortado que intentaba advertir algo. Ante la impotencia de no entender nada me percaté que mi pie derecho obstaculizaba un camino, encendí el bombillo y descubrí señales extrañas en el suelo, presté mayor atención y detecté que comprendían un mensaje con frases perfectamente legibles que en ratos posteriores no pude recordar. Sentencias espantosas, surcaron las palabras y la sangre de Rita corría por los canales. Aquello tenía aspecto de sacrificio náhuatl. Estremecido por semejante hallazgo consideré absurdo despertar a alguien, fui a tomar agua y el reloj de la cocina daba las 2 y 30 am. Recordé que tenía que lavar las chanclas y lo hice. Entrando al cuarto un olor viscoso pero soportable invadía completamente la estancia. Me recosté en el estrecho espacio que me tocaba. Como un aluvión se apoderó de mí un sentimiento imponente en el que se mezclaban nostalgia y tristeza. Nostalgia porque ya no se escucharían jamás en casa aquellos: ¡Viva Chávez nojoda!, que tanto apenaban a la abuela cuando había visitas. En el fondo iba extrañarla. Y sentidamente triste por la abuela, ella la adoraba. Me quedé dormido casi al amanecer a sabiendas que pronto me despertarían para avisarme de lo que había sucedido.
No pude soportar el dolor de aquella inyección y muy lentamente abrí los ojos, no sentía ni pies ni manos, estaba desmembrado, la enfermera me contó que mi familia fue víctima de una masacre, unos mutilados, otros degollados. La más cruel matanza en aquel pueblo en años. Me dijo que corrí con mucha suerte por haber sido el último en dormirme.
Vendas blanquísimas cubrían lo que quedaba de un cuerpo fragmentado, reducido e incompleto. Jamás pensé que aquellas marcas sobre la tierra representaran el terrible oráculo de mi desdicha. Hizo efecto. Volví a dormirme.