El llanto de una niña en Bagdad

Está lleno de lágrimas verdes

Hechas de polvo y viento,

Polvo de un desierto habitado

De silbidos que nadie escucha

Su llanto es un silbido más.

L.A

lunes, 16 de agosto de 2010

Estación Última


Mis patas plegables están considerablemente corroídas por el oxido y sus cauchos están algo   gastados por el trajinar de los pasillos: ir a traumatología, venir de cardiología, volver a oncología, un recorrido agotador para quien el granito y los años no han pasado en vano. Lo que en épocas anteriores podría llamarse colchón evidencia un leve hundimiento, la goma espuma contiene un acertijo de olores viejos, de sudores pasados, el semicuero derruido está roto en la esquina superior derecha  y en la parte inferior, a la altura  de la rodilla de los pacientes. Este es el término usado comúnmente por todos: doctores, enfermeras, verdugos, porteros…”pacientes”: para denominar a aquellos que para mí no son más que compañeros temporales;  el abandono en el que me encuentro parece ser un probable signo  de que pronto sufriré un exilio involuntario  a la morgue de los objetos. Hace varios años que no me llevan al apetecido templo, al sagrado  departamento de las reparaciones; nosotros también tenemos morgue: la inutilidad. Estamos condenados, cuando perdemos la capacidad de cumplir nos convertimos en molestosos estorbos y ya no tenemos lugar. Hace un año estoy aquí.

Para mí no existen los pacientes, muchos la pierden aun antes de entrar, son  exclusivamente pasajeros, aunque casi nunca se enteren cumplen con un itinerario sombrío. Irrenunciable y tenaz finjo cumplir mi papel en este teatro colectivo. Yo soy para muchos la última estación.

En mis años de experiencia he sufrido solo cuatro amputaciones, los  doctores las exigieron para mejorarme y unirme a la modernidad; pero de nada me ha servido.

En un comienzo el sonido de la sirena de la ambulancia me perturbaba,  cada vez que llegaba una me desesperaba  y  me tocaba lidiar con el suplicio que aquel ruido representaba para mí, mis patas  suplicaban, era inútil intentar moverme,  nadie se percataba de nada, estamos signadas por la indiferencia. No pasó mucho tiempo para que me acostumbrara.

De lo que si estoy absolutamente segura  es que nunca podre acostumbrarme al  pandemónium de las emociones humanas. Creo que el sufrimiento humano es peor castigo que el sonido de una sirena. Estoy sumamente convencida de que si tendría ojos lloraría sin opresiones. Los rostros consternados, el dolor, los gritos de ahogo, de impotencia, el llanto, todas estas manifestaciones que  he observado religiosa y respetuosamente han sido las causas por las  cuales he agudizado mi sensibilidad.
 En  la última semana han regresado a sus casas gran parte de mis compañeros, solo uno decidió no regresar.

El lunes un espigado abuelo terco y amargado estuvo por un corto espacio, padecía del corazón y lo que lo trajo fue un pre infarto, nada importante, la única indicación que le dio Marcos consistía en un regio desapego a su intransigencia si su deseo no era el de adelantar su muerte.

El martes muy temprano trajeron a una señora semiobesa de mediana edad con una bacteria en su estomago. No se hizo esperar su reacción a la medicina y  me embadurnó casi toda de su líquido mal sano, el olor era  repugnante. Su retorno no fue el de los más felices, un montón de exámenes por hacer, una dieta estricta e “inviolable” y una bíblica receta que sostenía su rechoncho esposo debajo del otro brazo al momento de su partida.

El miércoles  en la noche un pequeño mulato con cara de tremendo tenía a sus padres en ascuas, muy preocupados. Emilia le hizo una prueba de sangre  y los resultados arrojaron dengue clásico, librando a sus padres de la culpa por descuidarse. Finalmente se marchó el viernes en la mañana, pelando los dientes como replica a una broma que le hizo la doctora.

Casi de manera inmediata ingresaron  a un rafta con su aspecto de artesano despreocupado, lo acompañaron además de mí, muchos amigos que se alternaban  y que expelían un olor a cebollas mezcladas con queso rancio, sin  pagar entrada me ofrecieron un concierto… ¡y sin música!. Estaba intoxicado y   Efraín le recetó unas tabletas, sin muchas complicaciones se levantó y se fue con sus panas los sinfónicos.
 En la tarde de ese mismo día llego un hombre con  barba de una semana y de semblante pálido.  Su  cuerpo era  lánguido y endeble, eso sí, venía muy bien vestido, lucía como para una ceremonia especial. Este fatídico pasajero no quiso retornar, durante su estancia  de tres días estuvo completamente solo, no emitió ningún ruido, desde que se acostó despedía un hedor a muerto. No murió de lo que Mario dijo, murió de soledad.
Esta mañana descubrí que mis conjeturas eran acertadas  y los signos de mi desolación me preparan una triste partida. Escuché a la nueva médico decirle a uno de los verdugos, perdón  a uno de los camilleros esto:
-¡A ésta ya hay que cambiarla, está como vieja!

 Y pensar que cambiarme  supone un traslado de sala es creer en los retornos felices. Nunca imaginé que éste lugar sería mi última estación.

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