-Escucha…
…Las paredes desconchadas se tornaban huidizas, si acaso fluidos reflejos, las ventanas intermitentes jugaban con su conciencia, lo obligaban a preguntarse si no había consumido algo para el éxtasis. Su piel adherida al suelo le impedía despegarse, solo eran castigos de una afrenta atroz. Latidos desesperados, ecos palpitantes lo sumían en una espiral creciente que agudizaba el abismo. El Cristo bocabajo anunciaba el presagio de una profecía gastada, una invitación latente y cínica a persignarse. Recluido en un letargo infeliz. La luz de una vela se resistía a ceder, se oponía a completar el escenario, le prohibía ser más espeluznante. El sudor le corría por la frente, viajaba en descenso febril por su tabique, pero no podía saciar su sed de años. Los grilletes opresores desangraban sus muñecas y tobillos, eran verdugos de cualquier tentativa. Pasos como truenos, la presencia indeseable, el terrible animal, la fiera insoportable. El se creía alerta pero toda intento era inútil, no recordaba que estaba atado de pies y manos. El fuego su única esperanza. Era presa de un escozor intolerable. Su cuerpo era una dimensión desconocida llena de grietas, todo estaba agrietado. Ilusiones, alucinaciones, ¿efectos de un barbitúrico? .Golpean un par de veces, el ruido aturde sus oídos, los hace chillar. Su piel ardía, la humedad lo desesperaba. Irrumpieron violentamente, fue en vano valerse de tantos subterfugios…
-¡Coño David, deja en paz a tu hermano después en la noche no podrá dormir!
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