Estaba yo absolutamente convencido de que eran efectos secundarios de un despiadado ataque convulsivo y epiléptico, pero Martica no se hizo esperar con sus opiniones contrarias, gozaba de una estólida testarudez que presumía de exterminar cualquiera de mis propósitos, convenientemente eludía cualquier disputa y cedía ante su vehemencia, porque de lo contrario ella podría privarme del más elegante de mis placeres: observarla. Mis frecuentes visitas coincidían regularmente con la hora en que se bañaba, con un acuerdo prefijado entre su indiferente ingenuidad y mi inocultable astucia. La disfrutaba enterita con sus blusas estrafalarias o con su exuberante robustez, pero de ninguna manera desnuda porque ella sostenía que solo se está realmente desnudo cuando se siente vergüenza de mostrarse libre de indumentaria. Yo insistía, pero inexorablemente doblegaba, éramos dos empecinados buscándole motivos a los estremecedores aspavientos que producía Justina, la vieja del pelo entrecano, rostro demacrado, que atemorizaba con sus facciones y manos de pangolín. En nuestras constantes deliberaciones fue imposible desentrañar si tales explosiones habían sido causadas por sentimientos trágicos de amargura o por anacrónicos trastornos mentales. Residía en el piso de abajo y puedo asegurar sin cabida a objeción que no acudía nadie a visitarla. Para ese entonces Martica y yo éramos dos malandrines inseparables próximos a abandonar la pubertad. Habíamos adoptado la costumbre de encontrarle algún grado de utilidad a los sufrimientos de Justina, que retumbaban religiosamente a las 6:30 am, evitándonos así el gasto de despertador. Martica vivía en él A 02-03 y yo en él A 03-04. Entre nosotros existía una especie de pacto secreto que consistía en esperar aun dormidos aquel aterrador mecanismo para levantarnos. Un día nos adjudicamos la tarea de descubrir a que jerga oriental o escandinava pertenecían aquellos gritos. Pero el enmarañamiento de aquel sistema lo hacía indescifrable. Solo un hecho se presentaba con estentórea claridad y es que no correspondían a lengua humana posible. 15 interminables, tormentosos y sombríos minutos duraba todo aquel espectáculo sonoro en el que dejaba a relucir sus cuerdas de tenor. Por un implícito e insospechado acuerdo no comentamos este asunto con ningún otro inquilino. La idea de atrevernos a visitarla emergía frecuentemente de nuestras intenciones. Sin embargo no fue hasta una tarde de abril que nos decidimos a tocar su puerta. Permanecimos hora y media golpeándola hasta que el conserje nos avistó, preguntándonos que hacíamos allí, pronunciando palabras ulteriores, remotas y aniquiladoras, que provocaron un efecto sedante y desolador que nos vertía en un abismo. Miré a Martica y tenía el rostro embebido en una lividez marchita y un sudor inverso me subía por la espalda. El apartamento que supuestamente para nosotros ocupaba Justina no había sido habitado desde mucho tiempo antes a nuestra llegada. No volvimos a tocar el tema. Un tiempo después durante una época en la que me creía un escéptico, aunque sin fundamento, de esos que aborrecen todo este aparataje de parapsicólogos y acontecimientos sobrenaturales, volví a ceder ante la impertinencia de Martica y deducimos la necesidad de acudir a un medico psicoanalista. Y lo más impresionante de todo es que nos recomendó que durmiéramos un poco más y en esto si fue especialmente enfático, empleando un tono grave nos dijo que no continuáramos colándonos en el cine a ver películas de Hitchcock.

Buena historia, Liwin. Escoges muy bien cada palabra. Felicitaciones.
ResponderEliminarGracias pana, enviame el nombre de tu blog para revisarlo tambien.
ResponderEliminarhttp://www.ricardodiazborregales.blogspot.com/
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